O algún invidente emocional varado en la calle. da igual.
Vamos, regurgitemos palabras sangrientas que no se desean escuchar; sangremos ideas y que se derramen en las calles rectangulares... después de todo, ¿quiénes somos para ser enemigos de nuestra propia historia?
Grita el placer, calla las neuronas y advierte la emocion de la mascarada, la infame condición de cabalgar escuetos panfletos de lo que debe ser el humano racional. Abortemos pedazos de instinto social y anidemos esperanzas de marcar diente en lo interminable.
Y al cabo de un rato despertemos, y volvamos a la tarea diaria.
Y volvamos a soñar confundidos.
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